La fibromialgia se caracteriza por producir un dolor crónico y generalizado en quienes la padecen. Normalmente,  a los pacientes les resulta muy difícil poder localizar exactamente el lugar del malestar, en cambio, lo describen como una dolencia que abarca de los pies a la cabeza. La consecuencia es que además de lo físico, sufren de un profundo agotamiento.

No está claro cuál es el origen de esta patología, aunque se cree que puede ser producto de una alteración de determinados neurotrasmisores del sistema nervioso.

Además del persistente dolor en el cuerpo, que es el principal síntoma de esta enfermedad, los pacientes suelen presentar molestias en los músculos, articulaciones y ligamentos, acompañado de cansancio severo y rigidez muscular y que empeora cuando se hace reposo.

Otra situación común es que quienes la padecen tienen dificultades para concentrarse y hasta pérdida de la memoria. La imposibilidad de llevar de manera “normal” las actividades cotidianas generalmente deviene en un estado de tristeza y ansiedad.

Por otro lado, cabe aclarar que estas señales de la enfermedad aparecen como “brotes”, más allá del dolor constante y de que los pacientes con fibromialgia pueden atravesar fases de estabilidad y otras de mayor dolor. Al variar tanto según quien lo padece, es más difícil poder establecer un tratamiento que funcione para todos los casos.

¿Cómo se diagnostica?

Como hemos señalado, esta enfermedad produce en el paciente un dolor generalizado, asociado a otros síntomas. Cuando esas señales aparecen, es importante acudir al médico.

Para detectar esta patología, el especialista deberá realizar una inspección física que consiste en presionar determinados puntos en el cuerpo, conocidos como “puntos gatillo” (que están en  18 lugares). Si al menos 11 de los 18 puntos generan una reacción, es muy posible que se trate de fibromialgia.

Otra particularidad es la mayor facilidad para el enrojecimiento de la piel al presionar con la mano en cualquier lugar del cuerpo.

Existen estudios que se pueden hacer, como análisis y radiografías, pero en general funcionan más para descartar que se trate de otra enfermedad que para diagnosticar la fibromialgia.

El tratamiento

Si bien al día de hoy no hay un tratamiento que garantice la cura definitiva de la enfermedad, el objetivo es poder aliviar el dolor y mejorar la calidad de vida de quienes la padecen.  En ese sentido, es fundamental conocer su raíz y los factores que desencadenan los brotes.

Además de lo físico, es muy importante tratar los aspectos psicológicos como la ansiedad, la depresión o la tristeza.

Otra cosa que hay que tener en cuenta es mejorar ciertas condiciones, como por ejemplo el tipo de colchón y la almohada que ayudarán a dormir mejor. Respecto a la alimentación, se recomienda una dieta saludable y liviana, evitando consumir alimentos, bebidas o sustancias estimulantes.

Los analgésicos, por otro lado, sirven para disminuir las dolencias, pero sólo de manera parcial. En el caso de los relajantes musculares, su ingesta debe ser por tandas. También suelen recetarse antidepresivos que aumentan los niveles de serotonina y que mejoran los síntomas de la fibromialgia. Cualquiera sea la medicación, es fundamental que sea suministrada por un profesional de la salud.

¿Se puede prevenir?

Como los orígenes de la enfermedad son desconocidos, es muy difícil establecer un método de prevención. En muchas ocasiones suele desencadenarse por patologías previas, por intervenciones quirúrgicas o accidentes. Otras investigaciones sostienen que la fibromialgia puede tener un origen psicosomático.

Desde la Cámara de Empresas de Internación Domiciliaria de la Provincia de Buenos Aires (CAMEID) entendemos que una de las maneras de mejorar la calidad de vida de quienes la padecen es acudir a un profesional de la salud para tratar de manera adecuada los dolores, sobre todo en los casos de operaciones o lesiones. Una buena terapia es fundamental para que evitar que el dolor se vuelva crónico.

 

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